Jaime
Amanece en Villa Naranja y resuenan las campanas de la catedral. Los pasillos se iluminan, la ropa tendida se empieza a secar, los balcones se llenan de sillas con cuerpos apuntados al sol.
Jaime se levanta de la cama después de una tremenda resaca que le carcomía el estómago, contempla el panorama y se vuelve a acostar. Su vida no refleja lo que ve, la oscuridad que lleva consigo no conocía de amanecer. Para él cada mañana significaba un anochecer eterno, donde se veía tentado a cometer los más sensibles actos de estropear su propio ser sin una razón aparente. O al menos así parecía ser.
Pasaron unas horas hasta que por fin se dignó a salir de esa trampa que lo tenía horizontalmente atrapado y se preparó con desgano para lo que iba a ser uno de sus días más largos de su corta vida. Salió de la casa sin desayunar, caminó por las iluminadas callecitas de la villa hasta la parada donde espera siempre el colectivo. En su mente pensaba que iba a ser otro día más, uno de los tantos días rutinarios de trabajo compartiendo con las mismas personas, mismos clientes, mismos problemas. Y entre tanto pensar, no se percató de la persona que se le puso detrás.
Ya arriba del colectivo y sentado en el fondo, Jaime veía pasar el mismo paisaje de siempre. Para no enloquecer de aburrimiento, a veces se ponía a contar cuantas ventanas lograba divisar en una cuadra, cosa que lo mantenía activo por un rato hasta que su oscuridad le volviera a invadir su mente. A su suerte, o quizás no tanto, sería interrumpido por un leve golpe en su pierna derecha. Jaime no le dio importancia y siguió con sus artilugios psicológicos. En menos de un minuto otro golpecito lo volvía a sacudir y sin reparo continuó ahora contando postes de luz. Un último golpe, ya con más violencia, lo hizo tener que pausar su actividad y girar la vista hacia la derecha. La expresión de su cara se desfiguró en un instante.
Jaime estaba atónito, no podía creer lo que estaba mirando. Una figura humana raquítica se le había puesto cara a cara y sólo lo observaba, no emitía sonido alguno. Un poco asustado y con el corazón ya ejercitando, Jaime relojea todo el colectivo y nota que los únicos pasajeros eran él y esta cosa que parecía un ser humano defectuoso. Evitando contacto visual directo, intentó fingir que no había visto nada y se volvió a la ventanilla, pero lo que ahora veía a través del cristal ya no eran las callecitas de Villa Naranja.
De un amanecer luminoso y resplandor solar, lo que podía contemplar en estos momentos eran estructuras en ruinas reflejadas por una rojiza luz que parecía tener un olor peculiar. Una leve neblina comenzaba a aparecer entre los escombros de lo que Jaime pensó que era la catedral de Villa Naranja. Nuevamente sintió otro golpe en su pierna derecha, esta vez con más ímpetu que fuerza. Jaime no volteó, hizo un esfuerzo gigante por concentrarse en seguir con su mirada hacia el exterior, pero en un momento sintió una pequeña brisa que le provocó escalofríos y se tentó a confrontar esta extraña situación en la que se encontraba. Giró y pegó un grito. Jaime se vio a sí mismo, y por la ventanilla se colaba el sonido de las campanas de la catedral marcando las 12.00.